Autolimpieza
Un cuentito sobre algo que me pasó en París:
Un baño, en todo lo que es el jardín Nelson Mandela, en pleno centro de París.
Un baño, por fin. El del centro comercial, que está a cien metros, cuesta un euro. Este es gratis. Y se limpia solo.
Autolimpieza dice, lo dice bien clarito. En francés, inglés y español.
Pulcro, reluciente, olor a cloro quizás, con el suelo brillante. Así tiene que ser.
Qué agrado, voy a poder mear sin pagar. En un baño que se autolimpia. En pleno centro de París, en un jardín que conmemora a un pacifista. Bien bonito el jardín por lo demás: árboles, juegos de niños, cemento.
Atrás mío, un argentino usa el urinario, también autolimpieza. Su pareja, incrédula, lo espera a unos cuántos metros. ¿Aquí vas a mear?
Todo lo que me separa del baño, de mear (por fin), en un baño autolimpieza, pulcro, es un botón verde que activa el sensor, abre la puerta.
Quince minutos máximo, indica el cartel. ¿Qué pasa si te quedas más de quince minutos? ¿Se abren las puertas, te exhiben haciendo caca? ¿Pasarás, avergonzado, a ser parte del mobiliario, de la decoración del jardín de la paz? ¿O te dejarán encerrado, tú y tu caca, tan cerca pero tan lejos de la mismísima paz? Quizás se activa la autolimpieza, se te mojan los pies, el culo, las manos, ¿las rodillas?
Un baño para mear, por fin. Autolimpieza, pulcro. Y gratis.
No más rodeos, ya es hora.
Se hunde mi dedo, hundo el índice de la mano derecha en el botón verde. Cuando el dedo toca el fondo, se prende una luz. Empiezan a correr los quince minutos, asumo. La puerta se abre. Por fin, un baño limpio para mear, gratis, pulcro tiene que estar. Ad portas de la paz.
El olor que sale es espantoso. No tanto a pipí, sino a caca. Y no es difícil evidenciar el por qué: apenas pasado el umbral de la puerta, a la izquierda, un mojón descansa, o se deshace, o se endurece, afianzado, casi fundido con el suelo de metal.
A un metro de la puerta, cuando mi cerebro ya le había dicho a mi pierna que por favor avance un paso más, me petrifico, con la mirada fija en el mojón. La disposición del baño, evidentemente, pierde protagonismo. Solo alcanzo a distinguir que el trono se eleva allá al fondo, a unos cuántos metros del mojón. Nada justifica su presencia tan cercana a la puerta y, sin embargo, la evidencia de su existencia es notoria, incuestionable.
Hay que decir, además, que su forma era la de un mojón perfecto. Con una base redonda, extendida, se hacía cada vez más angosto hacia arriba, sin perder en ningún momento ni la condición de redondeado ni la textura moldeable, dura pero aplastable, propia de la mierda fresca, recién hecha.
¿Cuánto habré estado? ¿Diez, veinte segundos? ¿Un minuto? ¿Dos? ¿Cinco? ¿Alguien se habrá dado cuenta de mi incredulidad?
Aparentemente, la vida sigue pasando afuera. Apenas retrocedo, un señor cargado con bolsas pasa cerca, me mira, me pregunta en inglés si estoy esperando el baño. Le digo que no, apoya las bolsas, examina bajo sus propios términos la situación. No me atrevo a revelarle mi sorpresa.
Retrocedo aún más. Imposible encerrarse con ese mojón ajeno, ni quince minutos, ni diez, ni quince segundos. El señor, en cambio, entra.
¿Y ahora qué? Sigo en la plaza de la paz, sigo con ganas de mear, el baño sigue siendo gratis. Los argentinos ya se fueron.
Por supuesto, el urinario. La puerta está por el costado, delante de las plantas. Bastante oculto, sí.
Me vuelve a perseguir la misma idea, baño, por fin puedo mear, gratis, autolimpieza, plaza de la paz. Estoy listo para la segunda parte, con la esperanza aún intacta de encontrarme un baño limpio, pulcro, inoloro. Aún más: cuando salió el argentino, se escuchó un estruendo, un ruido de motor, de agua corriendo, de baño auto limpiándose.
Esta vez no hay botón verde, la puerta se abre con una manilla, se tira. El espacio es tan chico que con mi mochila no quepo, no puedo cerrar la puerta. Me imagino, recién ahora, la mochila apoyada en la pared salpicada con agua, con pipí.
Tampoco huele a cloro, tampoco huele a limpio, huele a pipí. Huele fuerte. El agua que cae me alcanza a mojar la punta de los zapatos. ¿Se habrá, acaso, limpiado alguna puta vez este meadero?
Abajo, mi sorpresa es aún mayor. En el piso, también metálico, bien cerca de la punta de mis zapatos, otro pedazo de caca se confunde entre el papel, mi pipí, y el agua que lo aplasta. Esta vez no es tan elegante, no me impresiona.
Termino de mear, desando mis pasos. Los zapatos mugrientos. No me puedo lavar las manos, no hay dónde. Miro alrededor, la misma plaza de la paz, los mismos árboles, los bancos mojados, el piso mojado que limpiará, o llenará de una mierda distinta, mis zapatos de excursión.
Autolimpieza, baño limpio, gratis, buen olor, plaza de la paz.
Piso la calle y me olvido si el nombre era en honor a Mandela o a Gandhi. Por cualquiera de los dos, me parece una falta de respeto la mierda que me acaba de ocurrir.
Gracias por leer.


Tengo un gran entrenamiento en baños públicos, puedo visualizar perfectamente las escenas que describís. A tus dificultades, yo sumo tener que hacer una sentadilla en el aire sin tocar la tabla y sin, por supuesto, perder el equilibrio (mi gran terror). Asquerosamente vívido tu cuento.